La Magnolia. (Sahasrara padma). Acuarela sobre Fabriano. 60 x 70 cm. Aleksei – Francia 2007

El Olor de la magnolia

De cómo me reencontré con mi Élfica y gloriosa «Galadriel», la que emana el olor de la alegría, cuya fosforescencia siempre me guió en la oscuridad de la larga noche.

«Entre mis andanzas cruzando agónico el proceloso mar, de repente no más que de repente, el viento se detuvo, las corrientes pararon, me encontré sin saber cómo, en el temido y fétido mar de los sargazos …

Mi nao casi detenida cruzaba sigilosa el desventurado mar cuando parecía que el viento había muerto; desquiciado oteaba desde el trinquete y volvía los ojos desorbitados, aterrado de ver que me iban cercando los “potros de bárbaros Atilas,  quizás eran los heraldos negros que nos manda la muerte”. Cuando de pronto en medio del océano, emanó de entre las ondas un aroma a limón y vainilla. Buscando como loco entre las largas algas, creí oír sirenas y nereidas, vi delfines e hipocampos, recordé a Ulises y aquella desventura suya que costó la vida a Parténope, de quien se  cuenta que atado al mástil, escuchó el funesto canto  y enloqueció con aquella “irresistible voz melodiosa con que las sirenas atraían locamente a los marineros”…

Temblaba y sudaba, supe con un conocimiento luminoso lo que antes albergaba el pensamiento, sabía que estaba en el umbral de un portentoso hecho que descoyuntaría al destino, que cancelaría innumerables karmas. Ese día “del cual ya tenía el recuerdo” traía un rumor de siglos, ese día madurarían los más excelsos Paramis; ese día, del cual “son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos”. Ese día llegaste para no irte nunca.

Recordé que la había encontrado hacía tiempo inmemorial, recordé el lunar y el olor a magnolia que siempre la rodeaba. Quizás sea prima de Helena Ukusa pensé, aquella misma Elena que le dio a Brigué “un girasol de fuego en el tercer planeta de Aldebarán”.

Comprendí que pertenecía a una raza de seres crepusculares que se dice habitó en el Caribe, aunque “aún cabalga en su corcel alado de células de sueño” por las llanuras venezolanas de Guárico, Apure y Cojedes visitando recurrentemente a los poetas de Garcita, entre lagunas y esteros.

Entre ráfagas de fulguraciones y clarividencias, mientras decantaba elixires y el Amrita me embriagaba, nuestra amada hija María Gracia se despertaba en mitad de la madrugada… ya alucinada a los 16, buscaba descifrar el misterio del infinito numero Pi, y era urgida a escudriñar en su significado. Hecho que me reveló la magnitud del momento crucial ante el cual inocente me encontraba.

Así apareció ella, descendiendo de su corcel negro sobre el mar, ella la de innumerables nombres, la de larga cabellera, apareció envuelta en un enceguecedor sol tropical, sus cabellos ondeando confundidos con las algas, mientras estas se transmutaban en cascadas de luz, sus caderas en delicado  balanceo tocando lo confines del universo… el olor de los sargazos se desvanecía para dar presencia al olor del limón y la vainilla.

Se volvió torrente todo lo vivido que aún estaba “empozado, como charco de culpa en la mirada”.

Mientras aquella ambrosía, aquél néctar manaba dulcemente, un céfiro comenzó a mover las velas y atónito vi al spinaker agitarse…así fue como la encontré y retomamos el rumbo de vuelta a Valinor”

Aleko. Tenerife 24/05/19